LO QUE NO TE PUDE DECIR...

Creo que la única manera de tranquilizar mi mente es escribir desde aquí, sin que quizás te llegues a enterar de qué es lo que pasa por mi mente; sin que sepas que es lo que vengo sintiendo desde días atrás.

Igual me siento fuera de lugar. Me siento hasta tonta de escribir este post. Me siento ridícula. ¿En qué momento puede uno apegarse tanto a una persona y/o a una situación? ¿Anhelamos tanto algo que tendemos a caer en la ilusión en segundos? ¿Es irreal entonces? 

Había tratado de tapar el sol con un dedo y decir que los sentimientos, como tales, no existían. Que el amor era tan sólo una decisión. Y sí, que los sentimientos, tan sólo son reacciones químicas del cuerpo humano. Tú me dijiste que algún día me tragaría mis palabras, que algún día me daría cuenta de cuan equivocada estaba. Bueno, pues, confieso, tenías razón. Ganaste. 

Igual trato de hacerme a la idea de que malas intenciones jamás existieron. Es más, estoy segura que así fue. Estoy segura que todo fue producto de un pasado reciente y de la impulsividad que me caracteriza, de la incapacidad que tengo para ser paciente, de mi tendencia a forzar las cosas. 

Pero ¿sabes qué es lo que más duele? El sentirme culpable de algo por lo que, estoy consciente, no soy responsable. No puedo castigarme de esta manera, no más. Y es que no puedo dejar de pensar que fue mi culpa, que si hubiera actuado de otra forma, las cosas hubieran resultado muy distinto. No dejo de pensar que, como cada vez en el paso, lo termino arruinando todo. Pero luego me levanto y me doy cuenta que me estoy castigando innecesariamente, porque, finalmente, lo que no estaba destinado a ser, no iba a fluir de manera natural. Y sin embargo, sigo preguntándome ¿por qué?

Tengo tantas cosas que decirte y sin embargo prefiero tragarme cada una de mis palabras, que saben amargas al pasar de mis lágrimas. Y sigo sin saber por qué razón estoy llorando. Sé que no es amor, pero quizá sí es cariño. Sé que no es enamoramiento pero quizá sí es complicidad. Duele saber que, así como soy capaz de despertar interés en alguien, también soy capaz de matar ese interés en tan sólo unos segundos. Inteligencia emocional, eso, eso no existe para mí.

Supongo que era demasiada mi necesidad de querer y sentirme querida que me perdí en el intento. Supongo que parte del fracaso es mi eterna necesidad de controlar las cosas. El tener el control es algo con lo que he venido luchando de muchas maneras, en distintas vertientes, y cuando creo haberlo superado, me doy cuenta que esa necesidad de control siempre puede encontrar una nueva forma de mutar y exteriorizarse. Quise controlar una situación que ni siquiera era mía, ni siquiera era para mí, y te alejé en el proceso o, simplemente, decidiste alejarte por otra causa. Supongo, nunca lo sabré.

Siempre he sido de la idea que, el orgullo y el miedo son las únicas dos grandes barreras que nos detienen de alcanzar nuestro potencional, emocional y espiritual. Y aquí estoy, masticando ambos, pensando de más, sintiendo un hueco en el estómago, sintiendo, de alguna manera, tu ausencia. E igual suena estúpido, igual si leyeras las líneas te reirías de mi increíble capacidad de construir castillos en el aire. Una mujer en sus treintas comportándose como una niña de ocho años. Menuda imagen.

Aunado a lo dicho, trato de mantener de alguna manera mi frente en alto. ¿Por qué? Porque no dejo de culparme por lo sucedido, por apresurar las cosas, por acorralarnos en lo que yo sabía, estaba consciente, no debía suceder. Y es así que me encuentro luchando con todos esos demonios llamados "valores", "educación", "tabúes", "etiquetas", "estereotipos". Me resulta difícil no asumir mi papel de "mujer" como tuviste a bien decirme alguna vez en broma. Me resulta difícil no culpabilizarme y recriminarme por haber empujado las cosas a ese punto, para sentirme después como cualquier extraña a tu paso. Supongo que me mata la indiferencia, la frialdad y hasta el sarcasmo y la molestia en tus palabras. Y reconozco que extraño y, sí, extrañaré los detalles, las risas, las bromas, las miradas, tus abrazos. Las palabras y los silencios. ¿Es posible extrañar tanto en tan poco tiempo?

Quisiera tener la valentía para poder cerrar el círculo hablándote francamente de lo que me está pasando. Pero no me atrevo. No quiero sentirme rechazada una vez más, porque yo misma me estoy destruyendo al darle, continuamente, tantas vueltas al asunto; al querer buscar culpables y a la vez soluciones que no nos llevarían a nada. Y me consuela pensar -tontamente- que el reencontrarnos no puede marcarme, porque fue poco el tiempo compartido, aún y cuando haya sido mucho lo emocionalmente compartido, al menos por mi parte me repito. Me consuela pensar que así como tuvieron que pasar más de diez años para volvernos a encontrar después de aquella noche en que me besaste en tu moto, volverá a acogerme el tiempo, abrigándome con el olvido, y quizá, esta vez, tenga la suerte de encontrarte, en unos diez años más, bajo diferentes circunstancias o quizá, la suerte esté echada para jamás volver a coincidir. Fortuna o no, tampoco lo sabré supongo.

Estoy dando un paso atrás, lo reconozco. ¿Cobarde? No lo sé. Algunos le llaman valentía. No lo sé. Sinceramente lo único que sé es que no puedo ni encararte para decirte todo esto; porque sería tan vergonzoso que me vieses llorar por algo que quizá jamás entenderas. Tú no... Tú no.

Y regreso a mi estado natural. A la soledad en la que quizás debí permanecer, al menos hasta sanar a fondo las heridas personales que me impiden manejarme de una manera limplia, sin cuestionamientos autoimpuestos, sin necedades, sin intensidad mal encaminada y sí, sin miedos.  Soy un auténtico caos. Soy extralimitadamente apasionada, y esa pasión, la quise volcar en tí y me equivoqué, me equivoqué y ya no encuentro la manera de arreglarlo.

Y decido permanecer en silencio, porque aún y recordando lo bueno, aún y valorando lo aprendido, siento que no tengo otro camino a seguir. Porque quizás no eras para mí y quizás yo no era para tí.

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