Treinta y Uno



Estando a pocas semanas de mi cumpleaños, me encuentro literalmente aterrada. Aterrada a dejar un año que marcó una enorme diferencia en mi vida. Un año lleno de experiencias nuevas, de sueños alcanzados, de esperanza renovadora, de satisfacciones inconmensurables. Pero también un año colmado de angustia, de incertidumbre, de consumo de energía física, mental y emocional; un año de cambios y de despedidas inesperadas.

Los famosos treintas me regalaron mucho más que un simple numeral en mi haber. Los treintas me abrieron nuevamente la mente y el corazón a mi realidad, el mundo real, el tangible, el ordinario; pero a su vez, no estando satisfechos con ello, los treintas me abrieron la puerta a un mundo fantástico, a un cuento de hadas "per se", a un lugar donde los sueños se hacen realidad y no hay límites ni obstáculos que puedan detener tu paso.

Los treintas trajeron consigo el goce del enamoramiento, el mariposeo en el estómago, la ternura. Trajeron consigo el deseo y la entrega física y emocional. Los treintas trajeron consigo nuevas formas de pensar, de actuar, de ver la vida, todo a través de un cúmulo de individuos que un día me eran ajenos y hoy, hoy constituyen un pilar en la formación del yo íntegro.

Los treintas trajeron consigo memorias de lugares que un día creí alcanzaría tan sólo en mi imaginación. Memorias de ese frío que cala pero no te abate porque es más intenso el calor que vienen del alma ante la nueva experiencia; la excitación de verte en una atmósfera completamente surreal, la necesidad de pincharte el brazo y, finalmente, la satisfacción de despertar y darte que cuenta que, en efecto, sí es real.


Los treintas trajeron consigo el coraje y la determinación, la voluntad, la lucha incansable. Los treintas me regalaron triunfos inigualables, sonrisas, suspiros y deseos adicionales.

Sí, los treintas me devolvieron la capacidad de CREER.

Pero no era lo único que traían consigo, no. Dirían algunas personas, "era demasiado lindo para que fuera verdad". Y no, no lo considero así en un cien por ciento. Fue verdad. Es parte de mi realidad. Pero los treintas no venían solos. Los treintas traían consigo un paquete mucho más grande bajo el brazo, hermosamente membretado a mi nombre en tipografía elegante, y llamativa: Bárbara Fernández Vargas.

Y así es que los famosos treintas trajeron consigo el desamor, la desesperanza, la impotencia de amar sin ser amado del mismo modo. La impotencia de sentirse poco apreciado por el otro. La impotencia de, quizá, no haber amado al cien por ciento convirtiéndome en culpable de mi propia desgracia. Los treintas trajeron consigo miedos pasados, recuerdos amargos, sentimientos que creía enterrados. Los treintas venían llenos de antónimos y de personajes antagonistas.

Esta vez, a la protagonista no le tocó la suerte de encontrar a su príncipe azul, pero sí encontró, en cambio, al lacayo con disfraz de príncipe que le enseñó no sólo a volver a amar -aún y cuando él, en tal calidad, se viera imposibilitado de amarla de la misma manera y con mayor entrega-, sino también a volver a valorarse así misma y a lo que tenía y tiene aún por ofrecer -eso sí, no sin antes caer volver a caer y esta vez más hondo y más profundo-. La protagonista se quedó sola, sí, pero esta vez había salido de la torre. La protagonista no era más presa del dragrón temerario de sus pensamientos. No más.

La protagonista, al dejar su claustro, se dio a la tarea de vivir, y conoció personajes peculiares, unos más que otros. Y de todos, en absoluto, aprendió algo. De todos tomó un poquito y se lo guardó en el bolsillo para tenerlo a la mano siempre que así lo necesitare y esas personitas no estuvieran cerca.

La protagonista conoció personajes increíbles, bondadosos, entregados, desinteresados. Fue así que poco a poco, la soledad ya no parecía pesar como antes, porque de hecho, la soledad no era más soledad, era tan sólo distancia, kilometrajes, millas de vuelo. Pero no todo fue miel sobre hojuelas, la protagonista también aprendió que todo lo que tenemos, se va en un tronar de dedos, en un cerrar de ojos.


Y duele. Duele mucho. Es simplemente que, a razón de la experiencia, aprendí que amar a alguien, cualesquiera que sea el tipo de amor, no significa retener a costa de la insatisfacción del otro. Aprendí también que el sentirse amado no significa tolerancia ciega y sumisa, mentiras blancas, verdades maquilladas, palabras a destiempo. Y aprendí a soltar, aún con la dificultad y el dolor que ello representa, aún y cuando hoy lo llore y me lo cuestione, aún y cuando mañana puede que me arrepienta.

Tal vez sea el paso del tiempo, las circunstancias o simplemente el olvido, pero hoy, la protagonista no quiere ser más víctima, quiere volver a ser protagonista.

Y es así que hoy me encuentro preguntándome, ¿cómo no tener miedo a la despedida? ¿cómo evitar sentir la ansiedad de un adiós anticipado? ¿cómo saberse que lo que viene, será mejor que lo que estoy dejando ir? ¿cómo saber que si me aferraré a la vida dejando atrás vicios y comportamientos nocivos?

La respuesta es simple. No hay respuesta. Y así vivo el miedo, la ansiedad y la incertidumbre de un año venidero que deseo de corazón sea aún más rico en aprendizaje que aquél que estoy a punto de dejar en el tranvía. Pero también, elijo vivir con la esperanza, la ilusión, el deseo y el coraje de enfrentar lo que venga con las armas adquiridas al día de hoy.

Estoy preparada. Con mis virtudes y mis carencias. Con mis aciertos y mis errores en la bolsa de mano. Soy humana, no más. Sí, los estoy esperando. Sí, estoy lista para abrir la puerta con una taza de cocoa caliente en mano para ofrecerles al abrazarlos mientras les susurro al oído, "Bienvenidos treinta y uno, los estaba esperando".

And in the end, it's not the years in your life that count.
It's the life in your years.

Bárbara

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